El presente texto es del Profesor Manuel Placencia, del Área de Comunicación, crítico audaz y fino en sus intervenciones; y muy académico cuando se refería a determinados conceptos de nuestra área. En una de nuestras conversaciones me confesó que no encontraba un calor tan agradable como la de nuestros chicos de los colegios estatales...le creo.
Cuando escribo no lo hago pensando exclusivamente en lo que dirán los que me leen o escuchan; hay una primerísima intención: sentirme bien conmigo mismo porque puedo expresar todo aquello que, bajo nombre de inspiración, da vueltas como trompo esquizofrénico, sobre mi razón y corazón. Después, viene la ligera preocupación de que si lo escrito gustó o no a los demás; y eso es relativo.
No sé cuándo nació en mí la vocación de Maestro; no hay imágenes mías jugando a la escuelita en la niñez, y mucho menos en la adolescencia. Quizá esta vocación haya aparecido en mí acompañando a la bohemia pasión por la Literatura, en su esencia creativa, que sí me acompañó desde los primeros crepúsculos vistos con el corazón alborotado por los primeros vaivenes del amor. Y es aquí que la vocación se confunde con la necesidad de crear, hablar, compartir, tertuliar (¿existirá este verbo?) que hay en lo superficial y profundo de mi existir.
Mis primeras alumnas fueron un grupo de señoras pertenecientes a un club de madres. El cariño espontáneo, sincero de esta gente anhelante por aprender me marcó para siempre. Creo que desde esa época hay en mí una secreta necesidad de ser mimado, consentido; entiéndase escuchado atentamente, entendido plenamente.
Siempre he escuchado que el Maestro es un “segundo padre” para sus alumnos; idea con la que, personalmente, discrepo. Nunca he pretendido o pretendo ser un “segundo padre” para mis estudiantes. No me agrada mucho la idea de usurpar roles o funciones; tampoco me agrada el adjetivo de “segundo”.
Lo que más anhelo es convertirme en AMIGO con los que comparto aula, pizarra y polvillo de tizas. En estos años creo haber alcanzado este anhelo en algunos casos; sin embargo, también, estoy conciente que en otros he fracasado. Fracaso que no significa frustración, sino reto por corregir y conseguir esta suprema aspiración.
Después de la aurora, en que me alisto para concurrir a mi escuela, una pregunta me acompaña siempre: ¿qué pasará hoy en el colegio? Y es esta incertidumbre la que motiva e inspira mi faena diaria. La rutina no la conozco, pero si algún día se apodera de mí, dejaré mis tizas y pizarra, empaquetaré mis palabras y, con mis recuerdos a cuestas, marcharé a otro oficio y lugar.
He aprendido que enseño aprendiendo; en cada experiencia educativa, que es diferente una de otra, los estudiantes me han dejado más de una lección que me sirven para continuar en este camino, cuyo guía mayor es JESÚS... EL DIVINO MAESTRO.
Manuel Placencia Miranda
No hay comentarios:
Publicar un comentario